Samuel aparcó su coche en el borde del puente, hace poco tiempo estaba probando todas las posibilidades para recuperar el alma de Tomás, pero ninguna era factible, su ayudante tenía razón, simplemente era imposible.
Se apoyó en el volante y empezó a llorar, por la ausencia de esperanza.
Luego salió del coche, caminó por la parte peatonal del puente y se subió a la barandilla, listo para tirarse al vacío.
Estaba peor que nunca, el dolor que sentía era insoportable y constante, nunca se acabaría, era su única salida.
Miró al cielo y dijo:
-Perdóname.
En ese momento, se escuchó un estruendo, un ruido que evitó que Samuel saltase, acababa de producirse un accidente de tráfico a sus espaldas, un coche había derrapado y volcado en medio del puente, ahora estaba en llamas.
Samuel bajó de la barandilla y se acercó al lugar del siniestro, listo para ayudar.
Había dos personas en ese coche, una mujer y un niño pequeño.
Samuel sólo pudo rescatar al niño, pero la mujer quedó atrapada entre los hierros, estaba ya muerta, no había nada que hacer.
Samuel recogió al niño en sus brazos y lo recostó en los asientos traseros de su coche.
Lo miró fijamente, respiraba con dificultad pero vivía, le asombró su pelo negro y sus ojos verdes, esa criatura le recordaba a Tomás, tenía su misma edad.
Al mirarlo se le ocurrió una idea, una idea parecida a la que había discutido antes con su ayudante, pero distinta, ésta era posible.
Nunca pudo imaginar las consecuencias que traería el acto que estaba a punto de realizar, en el futuro.
Amarró el cuerpo del niño a los asientos de su coche con los cinturones, cerró la puerta y llamó a una ambulancia.
Nada más colgar, montó en su coche y se dirigió rumbo a su laboratorio.
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