Elena estaba agotada, el calor sofocante del desierto iba aumentando con el paso del tiempo, y sólo la sombra que proyectaban los caballos que había atado en una roca cerca de la Biblioteca le aliviaban la presión de la temperatura.
Bebió de su cantimplora, lo que le refrescó la garganta y también los dolorosos recuerdos de la muerte de su antiguo informador.
Cuando estaba cerrando el tapón de la cantimplora vio a Usutu y Tomás caminando hacia ella, el primero tenía una expresión de alivio en su rostro y el segundo, no dejaba de tocarse la espalda con cara de agobio.
-La hemos encontrado.
-¿Tenéis la brújula?
-Espera, tienes muchos cortes abiertos en la cara y magulladuras en los brazos.
-Estoy bien Usutu, déjame verla.
Usutu sacó la brújula de su bolsillo y se la entregó a Elena.
-Llevo mucho tiempo intentando encontrarla, parece que tu reputación es cierta o incluso te minusvalora, amigo mío.
-En realidad, sin Tomás no hubiera podido recogerla.
Elena giró su cabeza en dirección a Tomás y sin previo aviso Tomás sacó rápidamente de la cintura de Usutu la pistola que escondía allí.
La cargó y apuntó con ella a la cabeza de Elena.
-¡Tomás, qué estás haciendo!
-¡Ésta mujer me engañó, me trajo aquí y ahora estoy atrapado en esta mierda de sueño, pero si eso no fuera poco ahora resulta que por su culpa Usutu, mataron a tu equipo, te secuestraron y a mí me dispararon.!
¿Y para qué?
¡Por una maldita brújula!
-Tomás si le disparas, morirá y si mueres en Terra Ferma ya nunca podrás volver.
Elena se mantuvo impasible, mirando con una seneridad muy extraña a Tomás en su situación.
-Tomás, entiendo que me culpes de todo lo que te ha pasado y en parte soy culpable de muchos de tus problemas pero no he venido aquí a perjudicarte de ningún modo, si no a ayudarte.
Los ojos azules de Elena se clavaron en la conciencia de Tomás, parecía que no le estaba mintiendo pero eso fue precisamente lo que pensó Tomás cuando la conoció en la cafetería.
Usutu tensó sus músculos confiando en estar preparado para placar a Tomás si finalmente decidía apretar el gatillo pero esperó confiando en que no lo hiciera.
-¿Ayudarme a qué?
-A escapar de Terra Ferma.
Tomás volvió a dudar de sus intenciones ¿Estaba siendo sincera o intentaba volver a engañarlo?
-Tomás, si quieres dispararme, dispara, pero te prometo que si lo haces nunca podrás salir de aquí.
La pistola empezó a temblar debido a que el brazo de Tomás se tensionaba cada vez más hasta que con resignamiento e inseguridad, Tomás bajó el arma y dejó de apuntar a Elena.
Usutu le arrebató el arma de las manos, y en cuestión de segundos descargó todas las balas, incluída la de la recamara.
Tomás se dió la vuelta y caminó unos cuantos metros hasta que se sentó en la arena.
Usutu con un gran enfado le dijo a Elena:
-¿Por qué quieres ayudarlo?
-Porque ése hombre és el único que puede reparar Terra Ferma, además si seguimos la dirección que marca esta brújula llegaremos al Ágora de Gea.
-¿Estás segura de eso? El Ágora de Gea es sólo un mito.
-Es real Usutu, y es nuestra última esperanza de salvar Terra Ferma y la puerta de salida para Tomás de este lugar.
-Y supongo que lo mismo que tiene que hacer Tomás allí para salvar Terra Ferma lo llevará de vuelta al mundo real.
-Eso creo, además es el único que puede hacerlo, no hay nadie más que sea exento de las reglas del programa y eso lo hace especial y muy, muy importante.
-No creo que él lo entienda así.
-Por el bien de todos nosotros, espero que con el tiempo lo haga.
Tomás se encontraba desvalido, hace poco casi dispara a una mujer, se había dejado llevar por la ira y el miedo y casi comete un grave error.
Usutu se acercó a él y le dijo:
-Quiero que me prometas que no harás ninguna locura a partir de ahora.
-Tranquilo, te lo prometo.
-Bien, ahora subirás a uno de esos caballos y acompañarás a Elena hasta la ciudad más cercana, nos veremos allí.
-¿Te desconectas?
-Aunque no te lo creas, tengo una vida en el mundo real.
Usutu desapareció delante de Tomás, y confiando en su nuevo amigo se acercó al caballo que le ofrecía Elena y se subió a él.
jueves
Capitulo 27-La Aguja marca el Camino
Usutu se introdujo lentamente por el pasadizo secreto de la Biblioteca, seguido de cerca por Tomás.
Nada más entrar Usutu encontró apoyada en la pared de la derecha una antorcha preparada ya para ser encendida.
-Supongo que tendrás fuego ¿No?.
Usutu sacó un mechero del bolsillo de sus pantalones de camuflaje y encendió la antorcha.
-Un hombre precavido siempre está preparado para cualquier situación.
Tomás soltó una mueca de asentimiento y se dispuso a seguir a Usutu a través del angosto pasadizo.
Bajaron por él durante un rato sorteando la abundante cantidad de telarañas que nacían del techo junto a las rocas que entorpecían su camino por ese pasillo.
Finalmente llegaron al final de ese corredor donde encontraron una sala enorme, donde un rayo de luz la iluminaba desde su origen, en el punto más alto del techo.
En el centro de la luz se encontraba un atril de piedra, con un precioso cojín rojo en su parte superior que sujetaba un pequeño objeto, demasiado diminuto para que Tomás o Usutu pudieran verlo desde donde estaban.
La sala se encontraba debajo de sus pies, a unos 6 metros por debajo del decrépito corredor, una altura bastante peligrosa.
-Parece, Tomás, que vamos a tener que bajar hasta allí.
Tomás se inclinó al saliente donde acababa el pasillo.
-¿Estás loco, has visto la caída que hay?
Usutu con una sonrisa maliciosa le contestó:
-Bueno, ahora sí que he encontrado algo por lo que puedes serme útil.
Y antes de que Tomás pudiera pronunciar una sola palabra, Usutu le empujó al vacío.
Tomás cayó como una piedra hacia el fondo, rompiéndose la columna al impactar contra el suelo, pero antes de que pudiera dar su primer grito de dolor, ésta se regeneró en cuestión de segundos.
-Muy gracioso, te debo una.
-Me la apunto.
Tomás se erguió del suelo con lentitud, sorprendido por su falta de dolor, y se dirigió hacia el atril.
A su alrededor pudo observar que las paredes que rodeaban la estancia de forma circular, estaban cubiertas por bellos dibujos que representaban los antiguos mitos de la cultura griega.
La historia de Prometeo, la de la guerra de Troya, Los trabajos de Heracles, La lucha de Perseo contra Medusa y muchas más.
Cuando Tomás llegó al atril, vió el pequeño objeto hundido en el cojín.
Era una brújula de bronce, bastante antigua, supuestamente del mismo tipo que usaban los barcos romanos cuando navegaban por el Mediterráneo.
Pero ésta brújula era distinta de todas las demás, no llevaba los puntos cardinales marcados, y a Tomás no le pareció que marcara el Norte.
Tomás cogió la brújula y se dirigió hacia Usutu:
-La tengo, es una brújula.
Usutu se quedó pensativo un momento.
-Genial, espera un momento que voy a buscar una cuerda.
Tomás se quedó mirando los grabados de las paredes hasta que regresó Usutu y le arrojó una cuerda, por la que subió de nuevo al pasadizo.
Usutu y Tomás subieron por el pasadizo de vuelta y acabaron en el vestíbulo destruído de la Biblioteca.
-Déjame verla.
Tomás le entregó la brújula a Usutu.
-¿No había nada más allí abajo?
-No, sólo unos grabados de mitos griegos.
-Entonces es ésto lo que ella quería desde el principio.
-Si le echas un vistazo, no parece que marque el Norte.
-No, esta Biblioteca se encuentra muy al Sur de Terra Ferma, y esta brújula señala hacia el Oeste, si no recuerdo mal la posición del Sol al mediodía.
-¿Entonces a dónde señala?
-A dónde diablos sea que quiera ir Elena.
El walkie-talkie de Usutu emitió un pitido, y éste se alejó un poco de Tomás y contestó al receptor del otro lado.
-Elena nos está esperando cerca de aquí con unos caballos, ¡Vámos!
-¿Caballos, no podría recojernos con un todoterreno o algo así?
-Sí pero creo que ha tenido algunos problemas.
Dicho ésto, Usutu y Tomás salieron de la Biblioteca saltando por encima de los fragmentos restantes de su anterior gran portezuela.
Nada más entrar Usutu encontró apoyada en la pared de la derecha una antorcha preparada ya para ser encendida.
-Supongo que tendrás fuego ¿No?.
Usutu sacó un mechero del bolsillo de sus pantalones de camuflaje y encendió la antorcha.
-Un hombre precavido siempre está preparado para cualquier situación.
Tomás soltó una mueca de asentimiento y se dispuso a seguir a Usutu a través del angosto pasadizo.
Bajaron por él durante un rato sorteando la abundante cantidad de telarañas que nacían del techo junto a las rocas que entorpecían su camino por ese pasillo.
Finalmente llegaron al final de ese corredor donde encontraron una sala enorme, donde un rayo de luz la iluminaba desde su origen, en el punto más alto del techo.
En el centro de la luz se encontraba un atril de piedra, con un precioso cojín rojo en su parte superior que sujetaba un pequeño objeto, demasiado diminuto para que Tomás o Usutu pudieran verlo desde donde estaban.
La sala se encontraba debajo de sus pies, a unos 6 metros por debajo del decrépito corredor, una altura bastante peligrosa.
-Parece, Tomás, que vamos a tener que bajar hasta allí.
Tomás se inclinó al saliente donde acababa el pasillo.
-¿Estás loco, has visto la caída que hay?
Usutu con una sonrisa maliciosa le contestó:
-Bueno, ahora sí que he encontrado algo por lo que puedes serme útil.
Y antes de que Tomás pudiera pronunciar una sola palabra, Usutu le empujó al vacío.
Tomás cayó como una piedra hacia el fondo, rompiéndose la columna al impactar contra el suelo, pero antes de que pudiera dar su primer grito de dolor, ésta se regeneró en cuestión de segundos.
-Muy gracioso, te debo una.
-Me la apunto.
Tomás se erguió del suelo con lentitud, sorprendido por su falta de dolor, y se dirigió hacia el atril.
A su alrededor pudo observar que las paredes que rodeaban la estancia de forma circular, estaban cubiertas por bellos dibujos que representaban los antiguos mitos de la cultura griega.
La historia de Prometeo, la de la guerra de Troya, Los trabajos de Heracles, La lucha de Perseo contra Medusa y muchas más.
Cuando Tomás llegó al atril, vió el pequeño objeto hundido en el cojín.
Era una brújula de bronce, bastante antigua, supuestamente del mismo tipo que usaban los barcos romanos cuando navegaban por el Mediterráneo.
Pero ésta brújula era distinta de todas las demás, no llevaba los puntos cardinales marcados, y a Tomás no le pareció que marcara el Norte.
Tomás cogió la brújula y se dirigió hacia Usutu:
-La tengo, es una brújula.
Usutu se quedó pensativo un momento.
-Genial, espera un momento que voy a buscar una cuerda.
Tomás se quedó mirando los grabados de las paredes hasta que regresó Usutu y le arrojó una cuerda, por la que subió de nuevo al pasadizo.
Usutu y Tomás subieron por el pasadizo de vuelta y acabaron en el vestíbulo destruído de la Biblioteca.
-Déjame verla.
Tomás le entregó la brújula a Usutu.
-¿No había nada más allí abajo?
-No, sólo unos grabados de mitos griegos.
-Entonces es ésto lo que ella quería desde el principio.
-Si le echas un vistazo, no parece que marque el Norte.
-No, esta Biblioteca se encuentra muy al Sur de Terra Ferma, y esta brújula señala hacia el Oeste, si no recuerdo mal la posición del Sol al mediodía.
-¿Entonces a dónde señala?
-A dónde diablos sea que quiera ir Elena.
El walkie-talkie de Usutu emitió un pitido, y éste se alejó un poco de Tomás y contestó al receptor del otro lado.
-Elena nos está esperando cerca de aquí con unos caballos, ¡Vámos!
-¿Caballos, no podría recojernos con un todoterreno o algo así?
-Sí pero creo que ha tenido algunos problemas.
Dicho ésto, Usutu y Tomás salieron de la Biblioteca saltando por encima de los fragmentos restantes de su anterior gran portezuela.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)