Hileras de libros colocados en estanterías formaban la estructura de la estancia, enorme en su tamaño, y elocuente en su contenido.
Allí se albergaba todo el conocimiento universal descubierto, desde los primeros textos escritos en papiros hasta la patente del primer microchip.
El bibliotecario se acercaba a su escritorio, lentamente debido al peso que los años le obligaban a arrastrar.
Al llegar a él, se sentó y empezó a escribir una carta en una vieja hoja de papel que ya tenía preparada desde
hace mucho.
Al terminar de redactar su texto, se inclino hacia la única ventana que poseía la estancia y haciendo un avión de papel con su hoja, la arrojo fuera de la biblioteca, esperando que su mensaje llegara pronto a su destino.
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