Tomás estaba acostado en su cama, durmiendo plácidamente.
Tenía 5 años, y como todos los niños poseía una inocencia e imaginación envidiables.
Un ruido lo despertó, el ruido que hacia la puerta de su habitación al abrirse, lenta y constantemente sonaba el chirriar de las visagras.
Samuel entró en la habitación con sigilo, y se sentó en el borde de la cama de su hijo:
-¿Estás despierto?
-Lo estoy papá.
-Venga, levántate y vístete, quiero enseñarte algo.
¿Ahora? Es muy tarde papá.
-Vamos, te prometo que te gustará.
Tiempo después, Tomás y su padre llegaron al laboratorio dónde nació Terra Ferma.
-Siéntate aquí.
Samuel le señaló a su hijo el sillón donde anteriormente había utilizado con los militares.
Tomás accedió y se recostó en el sillón.
-Ahora relájate y cierra los ojos.
-¿Qué vas a hacer, papá?
-Tú confía en mí.
Tomás cerró los ojos y sintió como uno rayos de luz llegaban a sus retinas, provocándole un sueño profundo.
Entonces, se despertó en un lugar totalmente sumido por la oscuridad, donde aunque mirara para todos los lados posibles, no conseguia ver absolutamente nada.
Su padre le tocó el hombro y éste asustado se dio la vuelta:
-¿Papá?
-Tranquilo hijo, no pasa nada.
-¿Dónde estamos?
-En una especie de sueño, aquí se almacena la imagen virtual que crea tu cerebro, para que cuando vuelvas, ésta, a pesar del tiempo que estés desconectado, quede "viva" conservando tus recuerdos, hasta que vuelvas a cargar los nuevos cuando vuelvas a conectarte.
-No entiendo nada papá.
-Lo siento Tomás, estoy acostumbrado a hablar así, lo siento.
Samuel dió la mano a su hijo y lo acompañó a una puerta gris, que había en medio de la oscuridad, la abrió y los 2 la cruzaron.
Aparecieron en una Biblioteca, pero era mucho más pequeña que la actual de Terra Ferma, sólo tenía una planta.
-Guau papá, es impresionante.
-Corre a cojer un libro hijo, seguro que hay alguno que te gusta.
Tomás echó a correr por toda la estancia, mirando cuidadosamente cada estantería, escudriñando las portadas de los libros.
Samuel se sentó en un escritorio que había copiado del Roosvelt a la perfección, de algún modo era el presidente de ese lugar.
Tomás llegó corriendo al escritorio con un libro bajo el brazo.
-Mira papá, es de dinosaurios, ¡Qué grandes eran!
-Si lo eran, Tomás se que mañana te vas de viaje por tu campeonato de ajedrez.
-Es verdad papá, me van a llevar a una ciudad que está muy lejos, te echaré mucho de menos a ti y a mamá.
-Lo se, por eso te he traido aquí, quería despedirme a lo grande.
-Pero papá, volveré en 2 días.
-Eso es mucho tiempo para mí.
Samuel cogió a su hijo en brazos y jugó con el durante un par de horas antes de que se desconectaran.
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