El Adivino se levantó de su cama, una cama hecha de piedra que se encontraba en lo alto de la montaña, desde donde podía vislumbrar todo la extensa selva de esa parte de Terra Ferma, ahora convertida en un desierto.
Pero esta vez la arena del desierto tenía un color extrañamente verdoso, y el cielo estaba pintado de un color rojo muy intenso, como el color de la sangre.
De repente el Adivino apareció en medio de la ciudad de Sidney, en lo alto del palacio de la ópera.
Y al alrededor de éste edificio, se veía el desierto de Terra Ferma que se perdía en el horizonte.
El Adivino se asustó, porque miles de personas empezaron a correr hacia donde estaba, y al situarse en la base del palacio de la ópera, se arrodillaron y empezaron a rezar.
En ese mismo momento la ciudad de Sidney apareció en su totalidad, pero abandonada y descuidada al verse sus calles cubiertas totalmente de arena.
A lo lejos en diversos puntos del desierto al igual que Sidney, aparecieron las ciudades de Nueva York, Pekín, Moscú, Madrid.... Y muchas más.
Se situaban entre sí formando una circunferencia, y en el centro de aquel círculo de arena que separaba las distintas ciudades, se levantaba una gigantesta pirámide maya.
Construida de piedra antigua y con uno de sus bordes escalonados hasta la cima.
Y allí en lo alto se veía una máquina, de unos 6 metros de altura, hecha de metal y constituida en 2 partes, la superior, parecida a un gigantesco bloque de acero que en su parte inferior salían dos tubos de metal del tamaño de dos brazos humanos.
Desembocaban en un espacio vacío de unos 2 metros de altura, aproximadamente de la altura de un hombre adulto, y en la parte inferior se encontraba otro bloque de acero, pero esta vez más redondeado, apoyado en el suelo de la cima de la pirámide, por tres patas del mismo metal que los bloques, formando un trípode.
El Adivino se sorprendió al ver a un hombre, aproximadamente de unos 35 años aparecer en la cumbre y situarse en el espacio vacío de la máquina.
En cuanto lo hizo un rayo de color violeta salió disparado desde la máquina hacia el cielo, y en cuanto tocó las nubes todo ese escenario que apareció ante el Adivino desapareció, devolviéndole a su hogar en Terra Ferma, aparentemente con la total normalidad.
El Adivino había sufrido alucinaciones y premoniciones bastante vívidas desde que llegó a Terra Ferma, de hecho ése era su trabajo.
Pero esta vez había sido distinto, fue demasiado real como para dejarlo pasar sin más.
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